A veces uno ha de morir con la cabeza bien alta. Caminar entre las escamas y el veneno, arrancarse la piel para abrir los ojos. Dejarse formar de nuevo, que las piezas busquen su lugar por ellas mismas. Las esferas se verán atraídas por la gravedad y tu conciencia por tu cuerpo. En ese momento los ángeles coronarán tu vida con tu esencia y de tu muerte volverás recreándote en la resurrección.